L o s... v e c i n o s
Todas las noches, cuando al parecer ya todos duermen, un gato amarillo brinca a la cornisa y llega a la ventana del primer piso.
Como en un ritual mudo, al cabo de un rato se enciende una tímida luz, unas manos se asoman y lo entran al aposento.
Inútil es saber que la escena se repite invariablemente noche tras noche.Siempre me asustan esas manos vacías de cuerpo.
Sin embargo en la casa vive gente.
Todas las mañanas, después de las seis, sale un hombre agrisado con aspecto de nada, traje conservador y edad indefinida.
Se sube al auto estacionado en la puerta, y se va.
Una hora después, la mujer también grisácea, y la hija, impecable con guardapolvo y mochila escolar, se marchan taciturnas calle abajo hasta perderse de vista en la curva de la calle.
Al cabo de unos instantes, sale mansamente el gato por la ventanita de la cocina y trepando, desaparece alegremente entre los techos.
Durante doce horas, la casa queda vacía.
Vuelven todos juntos en silencio.
A las diez de la noche se apagan las luces, pero antes, si mucho antes pasamos con disimulo por el frente de la casa, no se escucha ningún sonido que venga de adentro. Ni música, ni
televisor, ni conversaciones. ni siquiera hay voces de niña repasando la lección.Después de apagarse las luces, se repite la ceremonia del gato y de las manos.
Los sábados, la casa permanece en silencio hasta las diez de la mañana. Entonces, en una ceremonia tácita, se van prolijamente los tres juntos hasta el domingo a la noche.A las once sale el gato, que no vuelve hasta el lunes.
Tampoco para el observador fortuito son una familia más. Si uno intenta acercarse para preguntar algo o saludar, ellos dan vuelta la cara o apuran el paso sin abandonar la gravedad y la mesura de sus actos.
Y jamás hablan entre si.
Una vez tuve un problema en casa.
Por una pavada, me quedé sin teléfono y se me ocurrió ir a pedírselo a mis vecinos, los del gato.
Admito mi naturaleza testaruda, porque en realidad, no los precisaba a ellos para cubrir esa necesidad, y más que por eso, fue por mi curiosidad insistente, que los hechos terminaron como terminaron.
Yo vivo en la casa de enfrente.
Era la hora en la que se suponía que estarían despiertos; las ocho.
Todo estaba iluminado, pero como siempre, desde afuera el silencio era fulminante.
El ruido del timbre se oyó con potente nitidez, pero nadie respondió. Toqué un par de veces más, y sorprendida por la seguridad de que deberían estar adentro, se me ocurrió asomarme por uno de los ventanales del costado de la puerta.
Durante un segundo, el aire se me heló en el pecho y ahogué un grito sordo.Estaban ahí. Los tres.
Mi primer impulso fue salir corriendo, pero noté que no me habían visto.La ventana daba al living.
El padre y la madre estaban sentados cada uno en un sillón individual, y enfrentándolos en el sofá, estaba la chica.
Ella lloraba en silencio y cada tanto se secaba alguna lágrima o se limpiaba la nariz con la remera que tenía puesta. Miraba hacia adelante como si estuviese mirando una televisión imaginaria entre sus padres, mas allí había solamente pared.La pareja parecía imperturbable.
El hombre, a quien veía de perfil, comía algo similar a una barra de chocolate negro.
Entonces, cuando me dispuse a irme, la niña levantó la mirada y me vio.
Fue un segundo en el que se me congeló el alma.
Alcancé a ver como una súplica desesperada, y un intento de disimular que me había visto, pero no sirvió de mucho.
Los padres torcieron la mirada hacia donde yo estaba y se quedaron mirándome fijo durante el tiempo eterno que aguanté estar ahí.
Algún movimiento poco preciso, hizo que mi mirada se fije en la de la mujer, y juro que jamás voy a olvidar el odio agudo que reflejaban sus ojos.
Casi sin aire me alejé del lugar sin dar la espalda, hasta que pude irme.
Esa noche no pude dormir.
Tampoco al día siguiente.
Me asomé con las luces apagadas a la ventana y vi el ritual de las luces, las manos y el gato, pero esa vez hubo algo diferente.
El animal se dio vuelta por un segundo infinito y me miró.
A la semana consulté para poner en venta la casa. -Es curioso - me dijo el tipito de la inmobiliaria- hace unos días pusieron en venta la casa de enfrente. Muy económica por cierto, y ya la vendieron.Así que cancelé la venta de la mía.
Cuando salí a la mañana siguiente, me crucé a las dos mujeres.
No quería mirarlas, pero sentía la mirada de la chica tan insistente que mi vista se desvió hacia la suya.
Había súplica.
Como un pedido de ayuda que me asustó, y me llenó de culpa.
Como cuando se sabe que algo malo pasa, pero no se puede precisar bien qué es, y no se puede hacer nada porque ni siquiera se le ocurre que hacer.
Sé que el miedo es inherente al hombre, pero no hay nada más detestable que la cobardía.
Caminé un par de cuadras alejándome de la mirada aquella y después volví a mi casa.Estaba entrando cuando vi salir al gato.Lo llamé. Él alzó la cabeza y me miró. Entonces, un rayo de sol se reflejó en sus ojos brillantes y juro que vi en aquella mirada, el mismo odio afiebrado de la mujer.Después se escabulló en un ligero destello amarillo entre los techos de las casas de enfrente.
Volverá al caer la noche, como siempre, a la misma casa sin almas, y sin cuerpos. 


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